Para ti, que siempre estás ahí y formas

parte de cada uno de mis pequeños

logros.

jardin
Boceto a lápices de colores.

La puerta francesa acristalada de color blanco roto me daba la bienvenida a aquel jardín tan conocido desde hacía años. Encajando las puertas tras de mí con los ojos cerrados, aspiré el aroma de aquella flora de mágicas sensaciones. Los abrí lentamente para poder retener de nuevo tanta belleza en mi memoria. Aquellas maravillosas y exóticas flores se abrían exuberantes para los pequeños colibrís que, revoloteando, tomaban su preciado néctar. Las enredaderas se adueñaban de cualquier pared o columna del lugar. Las buganvillas caían en cascada por el muro del fondo mientras las orquídeas y las calas crecían libres junto a la fuente de mármol que reinaba en el centro de este. Junto a ella, una mesa de forja blanca con sus sillas y un hermoso juego de café de porcelana preparado para dos estaban dispuestos.

Allí sentado me esperaba él. Impolutamente vestido y perfumado, la suntuosa piel canela resplandeciendo bajo los rayos del sol, su preciosa mirada perdida en algún lugar de su propio universo, y su pelo oscuro con algún reflejo plateado. Desde la entrada podía verle de perfil, grácilmente sentado, llevándose el cigarrillo encendido a los labios.

Me acerqué con lentitud, un poco insegura ante el inmenso resplandor que emanaba de él, sintiéndome, como siempre, muy pequeña a su lado. Le sonreí y me disculpé por llegar tarde otra vez más. Me senté frente a él sonriendo aún por la delicadeza con que todo había sido preparado: el capuccino en las tazas y un perfecto pedazo de tarta red velvet sobre los delicados platitos a juego. Como colocada por casualidad, una pequeña vela se erguía sobre su pedazo de tarta.

-Ya hemos crecido un año más. ¡Feliz cumpleaños, Principe Ion, amore! -Le sonreí-. ¿Cuándo encendemos la vela para que pidas tu rebelde deseo?

-Te esperaba, continúas con la mala costumbre de llegar siempre tarde.

Encendió la vela mientras yo, divertida, le cantaba Cumpleaños feliz al más puro estilo de Marilyn Monroe. Las mariposas de múltiples colores y tamaños aleteaban cerca de nosotros y se posaban sobre sus hombros y dedos. Tras cerrar los ojos, sopló la vela con una sonrisa pícara.

-¿Qué deseo has pedido? -La curiosidad se apoderó de mí.

-Eres demasiado curiosa, si te lo cuento no se hará realidad.

-Los míos se hacen realidad muy lentamente, cuando lo hacen. Quizás es porque siempre te los cuento. -Engullí una cucharadita de tarta-. Eres tan importante para mí que no puedo evitarlo.

-Tus deseos tardan tanto en cumplirse porque eres muy indecisa, nunca crees en ti, en tus posibilidades. No te ves como lo hago yo, cada vez más mágica, más parecida a nosotros, a los que habitamos mi reino de hadas y magia, de historias sin fin -dijo clavando su mirada en mí.

Miré la fuente reflexionando sobre sus palabras y vi aquellos tres girasoles cerrados al sol, esos girasoles que habían sobrevivido y crecido durante todos esos años que compartimos.

-Somos como estos girasoles: continuamos abriéndonos solo para la luna, siervos de su luz y sus susurros, que nos llenan el alma de sueños -le dije sonriendo, feliz de estar compartiendo con él ese momento y tantos otros que atesoraba.

-Sí, fieles únicamente a la luna y sus susurros, a todo lo que nos sucede bajo su seductora luz.

Sonrió, se levantó y sin mediar palabra me rodeó con sus brazos; nos fundimos en un tierno abrazo. La luna asomó en el cielo, oscureció el jardín y nos iluminó con su luz; los girasoles se abrieron para ella. Todavía sumidos en nuestro abrazo, la miramos y escuchamos sus susurros llenos de nuevos sueños que cumplir. Sentí mi corazón rebosante de cariño por mi fascinante príncipe que me envolvía y con quien siempre podía contar.

-Te quiero, amore, mi Principe Ion.

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