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Fotografía de Jonatan Santos Moreno

 

Alberto espera junto a la ventana de la habitación del hotel con un whisky doble en la mano y la corbata desanudada. Hoy es la fecha acordada y las manecillas del reloj no se deciden a dar aún la hora ansiada. Como todos los años, ha reservado la misma habitación de hotel.

Al fin la puerta se abre lentamente: Clara entra despacio y cierra tras ella. Retiene la respiración mientras le mira, los dedos crispados en el manillar de la puerta, el corazón latiendo fuertemente. Sin preámbulos se funden en un largo beso anhelado durante un año; las manos de Alberto pronto recorren la piel de Clara amándola con el desespero del amor que nunca pudo ser y que revive cada año en ese dormitorio, furtivamente, lejos de su esposa, hasta caer rendidos y dormidos al amparo del calor del cuerpo ajeno.

Al despuntar el alba, Alberto abre lentamente los ojos y rompe a llorar exasperado ante el vacío de sus brazos y la realidad de la ausencia de Clara, a quien busca cada año para recordar a la mañana siguiente que hace ya tres años que descansa junto al enorme tilo del cementerio.

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