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Compartían cigarrillos y tardes sentados en los bancos de la calle. Hablaban sobre él, sobre algunos asuntos de ella con los que se sentía cómoda, sobre los demás… Ella nunca fue capaz de contarle verdades completas, solo a medias, y en ocasiones mentiras, a cuál de ellas más disparatada. No era capaz de afrontar lo que le sucedía y todavía menos de hacerle partícipe de su auténtico dolor.

Cargó con la soledad y los silencios, con el llanto atragantado y los rumores, con las miradas desdeñosas y las risas que pretendían evidenciar su precario estado mental. Nada importaba mientras las tardes fueran compartidas.

Paulatinamente él se alejaba un poco más de ella, enredado en sus propias complicaciones, sin comprender a la que se había convertido en su amiga y confidente. Surgió además el mudo temor a ser excluido del pequeño grupo de amigos compartidos, lo que hizo que lentamente se sumara a las miradas y risas inapropiadas y la relegara a la soledad.

Ella nunca supo hacer las cosas bien, confiar ciegamente. Para ella todo era blanco o negro y la escala de grises y colores se perdía de su vista. Con esta forma de ver el mundo prefirió no acercarse más a aquel con quien más había compartido y que ahora le provocaba  lacerante d .

Enloqueció de soledad y de temor, de dolor, incomprensión, cicatrices abiertas y otras mal curadas. Nunca consiguió comprender todo lo que sucedía a su alrededor.

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