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De nuevo se hallaba perdida, había recogido todo lo que pudo en un bolso de viaje y sin más se había dirigido a la estación. Al llegar había comprado un billete sin regreso a ninguna parte. No había avisado en el trabajo de su ausencia y apenas llevaba unos treinta euros en la cartera con  algunas monedas sueltas. Ni siquiera sabía si en su cuenta bancaria quedaría algo de dinero o qué iba a suceder cuando llegara a aquel lugar al que huía.

¿Huyendo? No realmente no estaba huyendo, simplemente había llegado a ese punto sin regreso en el que, o desaparecía y volvía a empezar, o su próxima cita sería con la cuchilla de afeitar en lugar de con el psicoanalista caro al que frecuentaba todas las semanas para superar sus problemas personales y matrimoniales.

Por supuesto, debía  reconocer que el psicoanalista le había ayudado  mucho, sobre todo cuando al entrar en su hogar escuchó gemidos provenientes del dormitorio principal y  al asomarse a este para ver que sucedía, aunque era muy evidente, se encontró a dicho psicoanalista enredado con su marido, lo que no era tan evidente.

Entonces, con ellos dos aun tirados en la cama intentando taparse o vestirse y el marido con la típica frase de “déjame que te explique…”, cogió el bolso de viaje y lo llenó todo lo que pudo con sus cosas. ¿Qué era lo que pretendía explicarle? ¿Acaso es que acostarse con el psicoanalista era alguna clase de terapia alternativa que ella desconocía? Aunque en ese caso, debería haber sido ella la que se enredara con él y no su marido, de forma que aunque la explicación existiera, solamente serviría para aumentar el dolor causado.

¿Y ahora? Ahora estaba metida en el tren, mirando el paisaje por la ventanilla y, aunque  fuese casi vacío y no hubiese nadie a su lado, se negaba a llorar, a rendirse a las lágrimas en un lugar donde cualquiera podría verla y ella sintiese aún más vergüenza.

No sabía qué hacer, el pánico comenzó a cebarse en ella, quizás regresar y escuchar las absurdas explicaciones de por qué su marido se acostaba con su psicoanalista o mas bien viceversa o simplemente fingir que nada había sucedido, fingir no haber visto nada y continuar como siempre. Interpretar sencillamente la gran farsa de su vida.

No, no podía dejarlo pasar, mirar cada día a su marido como si nada, acostarse en la misma cama mancillada con él y continuar con unos planes de formar la familia perfecta. Era imposible hacer eso, enloquecería, definitivamente no podía volver, se sentía ridícula y estúpida, defraudada.

El tren paró en la estación de destino despertándola de su ensimismamiento. No había marcha atrás, ésta era la única opción. Cogió su bolsa y salió buscando la salida y una oficina de turismo donde pedir un mapa de la ciudad.

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