2014-12-18

-Dime que me quieres.

El ruego brotó de sus labios hinchados de placer y deseo; los ojos cerrados en un intento de esquivar el oscuro miedo que crecía en su interior.

Silencio, el ensordecedor silencio reinó en aquel espacio desierto ocupado tan solo por sus cuerpos que yacían inertes, extenuados, bajo la luz mortecina de una luna azul desangelada.

Sobrevino entonces la desolación del llanto sin lágrimas, acallado por los labios y la suntuosidad del cuerpo de su amante. Vano intento de olvidar aquellas palabras que no deseaba pronunciar pese al deseo de ser escuchadas, a cambio de una nueva acometida de caricias que llegaban al alma. La herida, invisible a los ojos, nuevamente abierta, sangrando bajo la piel.

El rumor de un mar caprichoso y despiadado atravesaba la pared de la habitación, recordándole, una vez más, la soledad de aquella pasión disfrazada de amor a la que voluntariamente sucumbía a fin de volver a sentir.

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