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Llegó al centro de la nueva ciudad que se descubría ante ella. Preguntó en el primer bar cercano por un hostal o pensión económicos. A menos de dos manzanas halló una, “Pensión Lolita”. Consiguió que la dueña le dejara pagar a final de mes, así podría  hacerlo más cómodamente y no tenía que preocuparse en este momento de buscar un cajero o de comprobar que el dinero que pudiera quedar en la cuenta le alcanzara.

Una vez le enseñaron la habitación pequeña, de pintura ajada y cortinas descoloridas, desempaquetó su ropa colocándola en el viejo armario de madera con olor a antipolillas. Miró el pequeño baño con su vieja bañerita de escalón amarillenta, el lavabo y w.c. Los azulejos eran de color blanco con algunas florecillas azules y a un lateral de la bañera había unos estantes de metal con un gel, un champú y una esponja aun en su envoltorio. Mientras regulaba el agua dispuesta a darse un baño como pudiera, se preguntó cómo había llegado a  este punto.

¿Cuántos años llevaba con su marido? Casi toda la vida. Había sido su primer amor, su primer novio, su primera vez… Estaban intentando tener hijos y ahora de lo que se alegraba era precisamente de no haberlos tenido.

Se metió en la bañera, el agua ardía pero no le importaba, ya nada le importaba, se sentía vacía. Cogió la esponja y echó el gel de baño, frotándose con fuerza, con desesperación, enrojeciéndose la piel. Era curioso, su marido la había engañado y era ella la que se sentía sucia. No aguantó más, se echó a llorar con la violencia de una tormenta hasta agotarse, hasta que ni una sola lágrima más logró salir de sus cansados ojos. Salió del baño y se peinó, ¿desde cuando su marido se sentía atraído por otros hombres? ¿Por qué no se había dado cuenta antes? ¿Acaso podría haberse dado cuenta?¿Podía ser que llevase toda la vida engañándola?¿O quizás él mismo acababa de descubrir esa atracción por su mismo sexo?

Se miró la alianza, titubeó entre arrancársela del dedo y con ella su alma o dejarla puesta en el lugar de siempre, como si nada hubiese ocurrido. La tomó entre sus dedos haciendo ademan de quitarla pero finalmente y entre lágrimas de nuevo, no pudo. Si se la quitaba, todo habría terminado definitivamente y no tenía las fuerzas para hacerlo. Pese al dolor, aun lo amaba con la intensidad de años atrás.

Se sentó en la cama frotándose la cara en un claro gesto de desesperación. ¿Cómo había sucedido todo aquello? ¿Cómo había podido perderlo todo en tan pocos segundos?

El dolor era cada vez más grande, sentía que todo se rompía en su interior, de pronto se vio incapaz ni siquiera de respirar o llorar. Tuvo miedo, miedo a aquella soledad que ella desconocía, miedo de ella, de ese dolor tan áspero y seco que crecía como si se alimentase de su propia carne.

Miró alrededor, sintió como si el dormitorio se estrechase en torno a ella. Tenía que salir de allí. Estaba enloqueciendo. Se vistió con rapidez. Debía hacerlo así, con rapidez para no pensar, para no desistir. Salió apresuradamente de allí en cuanto estuvo lista, sin tan siquiera despedirse.

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